Testimonios

Pascua en Gödeken (S.Fe)

En 1970 la Hna. Francisca (hnas de Gante) me invitó a pasar la Semana Santa en Venado Tuerto. No sabía yo entonces que debería volver allí para dar una conferencia a los padres del colegio de los Hnos. del S. Corazón, cuando arreciaban las guerrillas urbanas pocos años después). Viajé el sábado antes de los Ramos en un micro repleto de gente que iba a pasar los días santos con su familia. Tuve que estar de pie todo el camino (y lo mismo sucedió el domingo pascual al regreso).

El Domingo de los ramos celebré con las hermanas y me repuse del cansancio. A la mañana me encontré con una noticia inesperada. El obispo pedía que el sacerdote visitante hiciera el favor de celebrar la Semana Pascual en Gödeken, un pueblo cercano, que tenía una bella iglesia, pero no tenía cura. Me llevaron y llegamos a eso de las 11. Me recibieron unas personas amables, pero con el aire sospechoso de los provincianos hacia los porteños. Me llevaron a la casita parroquial y allí me instalé como pude. Sólo pedí papel y una máquina de escribir.

De inmediato me puse a escribir unos carteles para la puerta de la Iglesia. Escribí tres: uno con los horarios de los Oficios, otro pidiendo ayudantes y un tercero que rezaba así: Durante estos días no habrá colectas y sólo se hará una en la Vigilia Pascual para los necesitados del pueblo. Uno no sabe cuándo Dios guía sus pasos. A la tarde se presentaron un hombre joven Cinalli, un estudiante secundario Walter Bordino, y una tal Doña Rosa. Ellos consiguieron la gente y materiales necesarios: acólitos, servidores, ministros, gente para la limpieza de la Iglesia y otros para la decoración.

Por las mañanas iba a visitar a los enfermos. Por las tardes confesaba o celebraba los Oficios. Rosa y sus vecinas me traían comida. Walter no me dejaba ni a sol ni a sombra. Cinalli consiguió al Juez de paz y a otro señor para recibir a la gente. La iglesia se llenaba y en la Vigilia Pascual no alcanzaba, porque llegaron los dueños de estancias. Cuando llegó el momento de las ofrendas, unas hábiles mujeres pasaron los gazofilacios y se hizo la colecta. Entonces dije: Sr. Canalli y sus ayudantes pasen a la sacristía a contar la colecta. Gran silencio. Tardaron, para mi gusto. Entonces llamé a Rosa y ante todo el pueblo le di los 1000 pesos ley 18188 que se habían juntado y dije: Para los necesitados del pueblo. Seguí la Misa Pascual, sin darme cuenta lo que había sucedido y supe después: el cura que vino el domingo de los ramos había vendido una rifa para sí propio y la gente quedó molesta. Con mi gesto en apariencia tan raro (e inspirado), la gente de allí quedó reconciliada con los curas.

Terminada la Vigilia, después de saludar a todos, fui a la casita muerto de agotamiento. No sé si comí algo, pero sí que vinieron varios a ofrecerme quedarme como párroco. No se imaginaban mi enorme trabajo en la Capital. Fue una experiencia imborrable. Walter es ahora un médico famoso en Rosario.

Un comentario

  • Rosa María Silva

    Hermoso testimonio, me recordó las experiencias de maestros,
    médicos, trabajadores rurales, vecinos del campo y por supuesto
    los sacerdotes que cumplen su misión acá y allá.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *