Liturgia

Nuevas obras de misericordia espirituales

1. Enseñar a orar en privado y en comunidad

Básico en la vida de un hombre es orar. Quien cree que por sí  va a lograr algún éxito en la vida, termina chocando con la dura realidad. Sin Dios es imposible alcanzar una meta que dure y no se destruya a causa de la flaqueza humana. Por eso, esta obra de misericordia es de sumo valor para una sociedad que relega la religión a lo privado.

El hombre es religioso desde el principio, porque hay misterios que no sabe descifrar. Y el principal misterio es el mismo hombre.

Orar es poner el alma en sintonía con Dios. Jesús es el maestro de oración por excelencia. Y nos enseña: Cuando oren digan: ‘Padre’  (Luc. 11: 2); o también  explica: No desperdicien palabras como los paganos, los cuales creen que son escuchados a fuerza de palabras porque el Padre sabe qué necesitan antes de que se lo pidan” (Mt 6: 7-8).  La vida de Jesús es ejemplo de oración: en común, al aire libre, pasa noches orando. Y cuando los discípulos le piden que les enseñe a orar, les da el Padre Nuestro.

La oración es un encuentro: Dios llama y se responde con humildad y confianza. Es mejor orar con el corazón limpio, pero aún quienes tienen consciencia de culpa deben orar. Algún día recibirán el don que necesitan.

Es bueno comenzar con la oración vocal, uniendo la voz a lo interior. O bien en la comunidad reunida. O con el canto sagrado.

Poco a poco podemos entrar en la oración de meditación. Ponemos al alma en movimiento: imaginación, emociones, ansias. Para eso son buenos los Salmos, los escritos como las Florecillas de S. Francisco de Asís,  o los libros de S. Teresa de Avila, o la  Introducción a la vida devota de S. Francisco de Sales.    Y la mejor oración es en silencio, sin hablar y sin pensar. Se ofrece a Dios un tiempo. Se llama oración del corazón y se puede repetir una frase como Señor Jesús ten piedad de mí que soy un pecador, o Jesús sáname. El efecto viene más tarde: nos sentimos amados y  se toman decisiones acertadas.

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