Amor y Alegría,  Catequesis

Miércoles de ceniza

Los cristianos sabemos que el árbol de la Iglesia no está moribundo, sino crece siempre de nuevo. Por eso, no nos dejamos persuadir por los profetas de desgracia, que dicen: la Iglesia se muere. No. La Iglesia se renueva y renace siempre. El futuro es nuestro. El falso optimismo dice: el tiempo del cristianismo se acabó. No: ¡comienza de nuevo! Pero no está todo bien. Hay también caídas graves, peligrosas, y debemos reconocer que se hacen cosas equivocadas. También debemos estar seguros de que si aquí y allá la Iglesia muere por causa de los pecados de los hombres, de su falta de fe, al mismo tiempo, nace de nuevo por los santos. El futuro es de Dios: esta es la gran certeza de la vida, el verdadero optimismo que conocemos. La Iglesia es el árbol de Dios que lleva en sí la vida eterna.

No pongamos a Dios en un rincón. Dar a Dios el primer lugar, es un camino que debemos recorrer de nuevo. Convertirse, la invitación que oímos en Cuaresma, significa seguir a Jesús para que su Palabra nos guíe; no construimos nuestra vida; dependemos del amor de Dios, y sólo perdiendo la vida en Él podemos ganarla. Esto exige tomar decisiones a la luz de esa Palabra. Hoy hasta quien nace en una familia cristiana y es formado en la Fe debe, cada día, renovar la opción de ser cristiano, dar a Dios el primer lugar, ante el embate de una cultura atea, y frente al juicio malsano de muchos contemporáneos.

La sociedad de hoy somete al creyente a muchas tentaciones en lo personal y social. Es difícil ser fiel al matrimonio cristiano, practicar el amor en la vida diaria, dar tiempo a la oración y al silencio; es difícil oponerse en público a opciones que unos consideran obvias, como el aborto en caso de embarazo indeseado, la eutanasia en caso de enfermedades graves, o la selección de embriones para prevenir enfermedades hereditarias. La tentación de ocultar la fe está presente y el cambio es la respuesta a Dios que debe ser confirmada

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