La Argentina Hambrienta

El sostenimiento de la Iglesia

En nuestro país, los católicos aportan a sus parroquias si quieren. La gran mayoría sólo aporta alguna vez en lo que se llama «la colecta de la Misa». Hay pocas comunidades donde algunos fieles se comprometen a dar mensualmente algo para el sostén de la vida parroquial. Cuando los fieles, a causa de cualquier crisis, dejan de aportar a su comunidad, no sólo sufre la Iglesia, sino toda la sociedad. Porque la generosidad del creyente en su comunidad (cualquiera sea) es un indicio de buena salud y vitalidad de la sociedad. Muchos feligreses captan la importancia que tiene una parroquia para la estabilidad y vitalidad de un barrio, y para la educación religiosa de los niños, especialmente de los que no pueden afrontar la cuota de un colegio privado. La parroquia es gravitante y necesita ser mantenida.

Hay que dar las gracias a los que contribuyen mensualmente, incluso los jubilados o pensionados que ponen proporcionalmente a lo que reciben. Me interesa ayudarlos a captar y comprender por qué razones una parroquia es tan decisiva en un barrio o en un pueblo. Algunos piensan que es importante para las personas de edad. La realidad es que la gente viene porque necesita la vida espiritual: aprender a orar, recordar a sus difuntos, tomar la fuerza de Cristo, transmtir la fe a los niños mediante la catequesis, fortalecer a sus enfermos y moribundos, conducir a sus hijos en tiempos de violencia y materialismo.

Ese materialismo se manifiesta también, con excepciones, en las familias que han decidido quedarse con un solo hijo: se lo mima, se le compra de todo, se lo hace seguir cursos especiales, etc. Las familias numerosas, especialmente en el interior del país, aunque tienen menor capacidad financiera, gastan menos en cosas superfluas y nos quejan tanto como la gente de las ciudades.

Hay también problemas referidos a la actitud de los católicos argentinos con respecto a la administración de los bienes por parte de los responsables comunitarios, parroquiales, escolares, diocesanos, etc. Dado que no existe entre nosotros, salvo con tados casos, la «rendición de cuentas», muchos católicos piensan que las parroquias nadan en la abundancia, posee privilegios, etc.

Se debe incluir también la actitud negativa que muchos dirigentes de la Iglesia, desde su etapa de formación, tienen hacia una buena administración y un cierto menosprecio hacia quienes actúan con estilo eficiente. Otra cuestión en Argentina es que los jóvenes que vienen a la Iglesia, no se sienten llamados a mantener su comunidad, ni siquiera en la colecta: falta de responsabilidad que, probablemente, proviene del hogar.

La vitalidad de la Iglesia sufre mucho cuando el tiempo para predicar el Evangelio y responder a las necesidades espirituales de la gente está limitado por una constante preocupación por las reservas económicas de la comunidad. Lo mismo sucede con las familias. Por más que pensemos en la Iglesia como una entidad espiritual, las dificultades financieras nos hacen caer en la cuenta de que tenemos una vertiente material que necesita ser mantenida para asegurar los ministerios espirituales.

Es bien sabido que la capacidad de ayudar a los necesitados mediante las organizaciones de caridad está en relación directa con la adhesión a las comunidades religiosas. Numerosas obras se realizan en todo el país por este medio. Está comprobado que quienes asisten a las asambleas litúrgicas dan tres veces más para las obras de caridad que quienes no lo hacen. Si la Iglesia Católica promueve principios y valores fundamentales tales como la convivencia, la paz, la solidaridad, la democracia, la bondad, la comprensión, la alegría, hay consecuencias negativas cuando declina la colaboración económica de los fieles.

Las épocas de crisis tienen aspectos positivos: tomamos conciencia de lo que generalmente pasa inadvertido. En este momento, comprendemos el valor de la «diaconía», que significa nuestro aporte al bien de todos. Carecemos de una correcta visión de lo que significa la «diaconia» en nuestra Iglesia. La «diaconía» no es la cantidad que cada uno da a su parroquia. La «diaconía» es un estilo de vida que incluye nuestro tiempo con los enfermos. Pero hay que reconocer que la cantidad que damos a la Iglesia y otras asociaciones, es decisiva para la salud de nuestra sociedad. Jesús dice: Donde estará tu tesoro, allí está tu corazón (Mateo6:19). Como decían antiguamente: nuestra contribución es un termómetro del estado de nuestro corazón. Por eso, dar un porcentaje de los ingresos a la propia comunidad es la medida con la que los miembros de la comunidad están com prometidos en la extensión del Reino de Dios.

En una sociedad donde casi todas las conversaciones tocan el tema económico, es útil que también nosotros lo hagamos. Es preciso demostrar que la Iglesia Católica no «vive» de subsidios gubernamentales, aunque tenga algún derecho a ello, sino de sus propios fieles. Nuestra actitud de hoy prepara generaciones futuras de la Iglesia en nuestra patria.

Concluyamos esta reflexión agradeciendo a quienes hacen el esfuerzo de levantar sus parroquias con su aporte. Merecen la gratitud los que respaldan la contribución mensual y están evaluando dar al menos el 2% de sus ingresos para mantener su comunidad y ayudar a sus pobres.

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