Testimonios

El Palio en Siena

Giovanni Soldani, mi compañero romano, me invitó a pasar la fiesta del Palio en su ciudad. La gente de Siena me impresionó. A diferencia del resto de los italianos, esta gente es educada, habla bajo, nunca grita, son corteses. Estaba asombrado. Tampoco sabía lo que era el palio. Sólo me llamó la atención que en su casa no estaban algunos de sus hermanos ni su papá: se habían ido justo en la fiesta. Nadie hablaba de eso.

El 15 de agosto, Asunción de María, celebramos Misa en una humilde capilla y mi amigo me fue preparando para la fiesta de la tarde. Debíamos almorzar temprano si queríamos obtener lugar. Era en la plaza del pueblo. Un gran ámbito triangular llamativo porque no estaba asfaltado. En el centro habían puesto vallas y dejaban entrar a la gente. Estaba lleno, y Siena tendría en 1965 unos 50 mil habitantes. Se oía un murmullo pero la gente seguía siendo callada como cada día. De pronto una trompeta sonó y dijeron que saldrían los jinetes. Aparecieron vestidos de colores sobre caballos criados allí. Giovanni me explicó que se trataba de una carrera rápida para ganar el palio. Cuando se largó, se oyó un grito inmenso de la multitud, que duró el tiempo de la carrera: dos minutos. Uno ganó el palio que yo no veía y cada uno se dispersó en silencio.    A la noche fuimos a la contrada (barrio) cuyo jinete había ganado el palio. Este era un bellísimo estandarte de seda bordada con la imagen de la Virgen María. La gente la honraba con cirios y cantos. Luego comenzó una fiesta con bailes y comida. Por eso no estaban en la casa: pertenecían a diferentes contrade.

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