Sociedad

El feminismo

El feminismo afirma la honra y la paz de la mujer. Por eso, la Iglesia Católica es feminista en temas claves. Hace bien a las mujeres, católicas o no, en estado frágil.  

Muchos no aceptan la unión entre feminismo e Iglesia. Las feministas ateas dicen que la Iglesia se opone al progreso de la mujer, por estar en contra de la anticepción y el aborto. Además, Roma cada tanto denuncia al feminismo, y su efecto dañoso en la sociedad y la familia, en los niños nacidos y por nacer.

Las católicas se hallan en el medio. Aman a la Iglesia y a su Fe. Se desaniman por la visión clerical, que no las quiere.

Hay 3 polos que tensan el nexo de feministas ateas y católicas: igualdad y diferencia; ser y cultura; suma y ayuda. Temen perder un polo en daño de mujer y sociedad.

1º. Cada ser fue hecho  a imagen y semejanza de Dios, iguales en dignidad sin importar el sexo, pueblo, origen y clase (Gal. 3:28). Además, la Iglesia no ve al hombre como alma con razón y voluntad. No sólo tenemos cuerpo, sino somos encarnados. Esa encarnación es parte de la bondad de Dios. Los distintos cuerpos de varón y mujer son un aspecto del orden creado. Hablar de lo propio varonil y lo femenino daña a la mujer cuya índole y trabajo no son la de la mujer de antes. No somos sólo esposas y madres.

2º. Somos sociales. La idea del lugar en el mundo se forma y transmite por la lengua, cultura y ámbito en que se vive. La Iglesia mantiene que hay una naturaleza estable pese al tiempo, lugar y cultura, y olvida la cultura empírica. Eso permite fundar la moral universal, pero hay otros modos. En Roma piensan que se enfoca más la educación que la naturaleza. Es un error pensar que hay una mente viril en cuerpos de varón o fémina.

3º. La base de la ayuda de varón y mujer  es aceptar que los dones y genio se pasan de uno a otro. Las ateas sacan la voz complemento porque fomenta el cisma y el contraste.

La persona es su cultura. Con una cultura concreta, distinta en cada lugar, podemos superar una cultura universal cuyas normas deberían aceptarse en todas partes. (In 13.5)

M. Cathleen Kaveny

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