Catequesis

¡El crucificado ha resucitado!

Hemos llegado a la iglesia mientras las llamas iluminaban la noche en la calle. Los varones señalados estaban alimentando la fogata de la Noche Pascual para que todos viesen las llamas. Incluso en un momento, cuando la iglesia queda a oscuras, sólo se ven las llamas que hay en la calle y uno se pregunta: ¿Ahora qué pasará? ¡Qué valioso es comenzar la Vigilia Pascual con una llama tan grande. La llama es un símbolo del alma humana y una figura del Dios viviente. Porque el alma pura brilla como fuego y Dios es pura luz en quien no hay sombra alguna. Dios es la llama perpetua que ilumina y da calor. Del mismo modo que la llama irradia luz, Dios irradia la Verdad en las almas puras, y cuando el alma recibe la Verdad se une a Dios, tanto como nuestros ojos contemplando las llamas quedan pegados a ese fuego pascual. También la llama calor, e igualmente Dios irradia la calidez de su Bondad. Cuando nuestra mano y nuestras mejillas sienten el calor de la llama, algo comienza a vibrar en nosotros – gente fría, desinteresada y egoísta tantas veces – de tal modo que las almas puras se hacen también una llama brillante en la Noche. Y cualquiera que ame a Dios sin condiciones se une a su Bondad infinita y se hace “bueno”. Dios vive en una luz inalcanzable. A esa llama de amor vivo llega Cristo Resucitado y desde allí ilumina el mundo con nueva luz. Sólo espera que tomemos el cirio para iluminarnos y así iluminar alrededor nuestro. Llama de esperanza en la cual nuestros pecados son quemados; luz de la Verdad por la cual llegamos a la Sabiduría; calor necesario para quienes morimos si nadie nos ama. En la Noche de Pascua, con la Resurrección de Jesús, el crucificado, el Padre envía al Espíritu Santo: la llama inextinguible que da vida a todo. Cuando el Cirio Pascual entra en la iglesia a oscuras, es decir, el sepulcro en el cual vivimos, entra Cristo Resucitado que va iluminando con el Espíritu Santo poco a poco a toda la comunidad. Tres veces canta el sacerdote: La luz de Cristo. Hasta que toda la iglesia se ilumina con los cirios de cada uno, encendidos de la única Luz eterna. Así todo el edificio queda radiante con el brillo de la presencia de la Santa Trinidad.

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