Parroquia de la Natividad de María, Barracas, Carlos Cumarianos
Testimonios

Cuma

Carlos Cumarianos venía de la parroquia de la Natividad de María, en Barracas. La Providencia nos hizo compañeros del seminario en 1953 y desde entonces nuestra amistad quedó sellada. Me presentó a su párroco, Isidoro Piedrabuena, varón leal que fue mi amigo hasta su muerte. Nos ordenamos el mismo día, 17 de diciembre de 1960.

Mis padres lo apreciaban mucho, tanto que le trajeron un crucifijo tallado desde Suiza. Me acompañó en mis momentos de dolor y triunfo, yo traté de hacer lo mismo, sobre todo cuando murió su simpática madre, Doña Manuela. Pienso que los modelos sacerdotales que tuvo fueron el viejo Piedrabuena y Monseñor Tomé, el heroico párroco de la Iglesia de Tacuarí e Independencia.

En 1970 me pidió que lo acompañase en un itinerario hacia sus raíces: Galicia y Grecia.

En Santiago de Compostela nos recibió Sor Josefa, una ejemplar discípula de S. Vicente. Alquilamos un auto y nos embarcamos en la aventura de conocer Carballo, la aldea de su mamá. Tenía mucha emoción al acercarse y guardaba silencio.

Los gallegos hicieron honor a su señorío y se esmeraron en agasajarnos como huéspedes ilustres.

Luego, viajamos a Grecia. Su asombro no tenía fin. Hubiera permanecido despierto día y noche para comprender esa cultura fantástica. Se entusiasmó en la plaza Omonía de Atenas, con las voces de miles de varones comentando los hechos del día.

De allí, volvimos a Madrid a la casa de los amigos comunes, Juana Mari y Jaime Fries, que se convirtieron en los hermanos madrileños para nosotros.
En 1971, llegó a Corpus Domini. Allí me trasladé cuando tuve que abandonar el claustro de los profesores que enseñábamos en el Seminario.
Los domingos al mediodía mamá nos esperaba para el almuerzo y se extrañaba de que gozáramos tanto con la comida diciendo: – “Parece que ustedes no comen durante la semana”. No sabía mi madre, que lo que decía era literalmente cierto. En esa parroquia pasamos hambre. Vivíamos de galletitas y té.

Manteníamos nuestra amistad en cenas privadas para contarnos las experiencias y animarnos a seguir trabajando por la Iglesia. El se esforzaba por “complacer a todos”, a semejanza de San Pablo. Tenía un don de gentes y una distinción singular. Quería ayudar a los matrimonios, a las madres solteras, a crear una radio FM, fomentar la adopción de niños abandonados.

Lo iba logrando. El señor lo llamó a su Reino el 31 de julio de 1998.

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